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viernes, 3 de julio de 2015

Número 3: El bruxista


Contenido:
  • Portada y contraportada, ilustración Ricardo Jurado
  • Relato No salgan, están aquí de Erath Júarez, ilustración Ricardo Jurado
  • Relato El bruxista de Minatufe, ilustración Nuria S. a.k.a. Lady Rat
  • Artículo La dama de hierro por Forgotten Rose
  • Comic La cacería de Guido Barsi y Cristian Navarro




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jueves, 29 de agosto de 2013

Lo veo en su mirada

Lo veo en su mirada
Relato de Minatufe
Ilustraciones de Ricardo Jurado
Incluido en Metus causa número 2

Lo que han hecho lo veo en su mirada. Los ojos son el espejo del alma. Los ojos de una persona cuentan mucho. Aunque sus palabras digan sí, su mirada puede decir no. Los gestos podrían indicar vete y sus ojos te ruegan quédate. Siempre se debe mirar a los ojos de quien te habla.

En los ojos de una persona puedo ver si es culpable o inocente. Lo descubrí el día que dejaron libre al hombre que mató a mi hermano. Se dio a la fuga tras atropellarle en un paso de peatones una noche cuando salía del trabajo. Los médicos aseguraron que habría podido sobrevivir de haber sido atendido inmediatamente. Pero la falta de oxígeno le produjo daños irreversibles y, tras dos años en coma, la muerte. Al día siguiente del atropello se entregó a la policía confesando haber sido él. Sin embargo, en el juicio, y por consejo de su abogado, lo negó todo. Quedó libre. Le seguí durante días hasta sorprenderle a solas en su propia casa. Le até y le conté todo lo sucedido tal y como él confesó la primera vez. No dejaba de inventar excusas ni de intentar justificarse. Menospreció el dolor que sufría mi familia y anteponía el suyo propio. Se comportaba como si fuera la víctima y cuando rompió a llorar fue por miedo y no por arrepentimiento. Me irritó tanto su comportamiento que sin pensarlo le agarré por el cuello con las dos manos. Apreté tan fuerte como me obligaba la ira viendo como cambiaba el color de su piel. Sus ojos se clavaron en los míos. En ellos pude ver miedo, desesperanza y arrepentimiento. Murió mirándome. Ahora estamos seguros. Lo reconocí en su mirada. Era culpable.

Durante días me sentí confuso, pero satisfecho. Sabía que no me creerían. Dirían que sólo ví lo que quise ver. Pero pude confirmar mi don con el caso "andamio". La falta de medios de seguridad y el uso de materiales de baja calidad en una obra, hizo que se rompiera un andamio en el que trabajaban cuatro obreros. El capataz, en lugar de llamar a los servicios de urgencia, les mandó a sus casas. Dos resultaron con magulladuras, al tercero le acabaron amputando un brazo y el último murió al día siguiente por las heridas en la cabeza. En el juicio, el capataz quedó libre. Consiguió convencer a todos de que los trabajadores no tomaron medidas de seguridad por iniciativa propia. A mí no me convenció. Le seguí hasta su casa. Esperé a que terminasen de celebrarlo y se quedara solo. Le até y amordacé. Le enseñé fotos de los obreros. Le hablé de la familia de cada uno. Seguidamente le ahogué mirando sus ojos. En ellos vi miedo, desesperanza y arrepentimiento. Murió mirándome. Ahora estamos seguros. Lo reconocí en su mirada. Era culpable.

Medité mucho y decidí que la gente nunca aprobaría mis métodos. No son, como ellos llaman, políticamente correctos. Pero mi sistema es infalible. Lo he comprobado muchas veces. La más reciente fue con el caso del entrenador. Secuestró a una mujer durante días. La humilló, torturó y violó en repetidas ocasiones. Cuando se cansó, la mató y se deshizo de ella tirándola a un contenedor de basura. Quedó en libertad por culpa de una irregularidad en su detención. Un tecnicismo legal que invalidó el proceso. Pero cuando llegó a su casa, ya estaba esperándole. Le até y amordacé. Le mostré fotos de la mujer. Le narré toda la historia tal y como se reconstruyó en la investigación. Me daba tanto asco tenerle tan cerca que le golpeé. Le di varias patadas. Finalmente le ahogué mirándole a los ojos. En ellos vi miedo, desesperanza y arrepentimiento. Murió mirándome. Ahora estamos seguros. Lo reconocí en su mirada. Era inocente.

Relato de Minatufe
Ilustraciones de Ricardo Jurado
Incluido en Metus causa número 2

martes, 23 de abril de 2013

Número 2: Lo veo en su mirada


Contenido:
  • Biografía de Béla Lugosi, fuente Wikipedia
  • Relato Lo veo en su mirada, por Minatufe
  • Relato No hay lugar donde esconderse, por Erath Júarez Hernández
  • Ilustraciones de Jorge González Ortega, Lünática, Nuria S. a.k.a. Lady Rat, Ricardo Jurado, Rocío Limón




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miércoles, 20 de junio de 2012

No pasarán


Allí está el fuego. Aquí el extintor. Tengo el control, estoy entre los dos. Siento su cálida presencia, su aliento, su rugido. Su voz. Me saluda con sus llamas. Estoy tranquilo, no pasarán.

Primero fue el olor. Apenas podía percibirlo, pero era fácil imaginarlo. El suave aroma de un cigarrillo que se consume. Hojas secas incandescentes que liberan lentamente su esencia. Papel de arroz impregnado por los aceites de los aromáticos tabacos del cigarrillo que escapan poco a poco en un hilo de humo azulado inundando la sala. Delicado equilibro interrumpido súbitamente por la explosión de azufre y fósforo de las cerillas. Su humo blanco y denso se disipa rápidamente dando paso a la delicada madera quemada. Como aquellos viejos troncos de pino que atesorábamos en otoño para usar en la chimenea durante el invierno. Madera seca y limpia que, de tizón en llamas, pasa a brasas y acaba en cenizas. Cuántos kilos de carne ayudé a asar sobre rescoldos, aprendiendo a distribuir la gris ceniza para ayudar a consumirlos completamente. Soplando convenientemente para avivar cuando el rojo se volvía pardo. Pronto comenzó el olor a papel y cartón de la cajetilla. Cada fin de curso, tras la entrega de notas, apilábamos nuestros apuntes y libros de texto en una pira de alegrías y sensaciones. Jolgorio y júbilo. Risas y canciones. Alcohol y llamas. Siguió el olor a trapos viejos. Menos delicado, pero necesario. Duraría poco. El olor a queroseno siempre da un toque artificial, pero se me antoja dulce y agradable su fragancia parafinada. Me ayuda a fantasear con lo que debía sentir mi abuelo entre velas y quinqueles. Sus llamas anaranjadas y amarillentas han cautivado a generaciones. Aún se revive de forma artificiosa. Muchos huyen de la luz blanca en las lámparas que eligen para sus hogares buscando el calor en el color. Lo que sigue es una amalgama de olores, suaves matices difíciles de distinguir. Para entonces el fuego se habría extendido rápidamente y devoraría diversos materiales. No todos agradables. Sin duda el humo se volvió oscuro y muy espeso. Notaba el inconfundible olor a plástico quemado. Los plásticos siempre arden mal. Para entonces las llamas ya debían ser bastante grandes. Estoy tranquilo, no pasarán.

Lo siguiente fue el humo. Comenzó escapando tímidamente por debajo de las puertas y ascendía desvaneciéndose. Poco a poco se volvió más denso. Lo más peligroso en un incendio es el humo. Asesino sigiloso que sega las vidas de personas. En muchos casos la gente muere sin saber que hay un incendio. Otros lo consideran piadoso, te mata dulcemente antes de que las llamas te alcancen. Sin duda traidor. Oscurece todo cuanto te rodea, oculta la realidad y nubla la mente. Siempre asciende. No se debe caer en el error de huir hacia arriba en un incendio. El humo te alcanzará. Las llamas le siguen. Humo traicionero. Es malo hasta para el propio fuego. Por una parte le ahoga, por otra revela dónde está, da silencioso aviso de su presencia. Pero este humo escapaba lentamente hacia los pisos superiores por el hueco del ascensor de servicio y al exterior por los rotos tragaluces del pasillo. Faltan por llegar las llamas. Estoy tranquilo, no pasarán.

Comenzó la alarma. La voz de emergencia fue pasando de puerta e puerta. Piso a piso. Personas que durante meses no se habían dirigido la palabra se atrevían a tocar la puerta de su vecino a desaconsejadas horas de la madrugada. Para cada uno, tras el desconcierto inicial y el recelo al abrir la puerta, el mal humor se tornaba gracias e iniciaba la labor de aviso y desalojo. Siempre aparecen incautos que prefieren refugiarse en sus hogares y observar cómo evoluciona la situación. Confían en que estarán a salvo o, si no, les salvarán. Estoy tranquilo, no pasarán.

El desalojo fue rápido. Encendí la lámpara para hacerme ver mejor en el neblinoso ambiente que comenzaba a crearse. Di a voces instrucciones de cómo llegar hasta el rellano y alcanzar las escaleras. Me aseguré de que nadie abriese puertas y ventanas que creasen inapropiadas corrientes de aire. Veía la incredulidad en sus ojos. La duda en su mirada. El terror en sus caras. Algunos tranquilos intentaban organizar grupos. Otros eufóricos bromeaban para aliviar la tensión del momento. Unos pocos quedaban bloqueados por el pánico y se dejaban guiar. Hubo quién sufrió una crisis y se comportó de forma violenta. Para su bien, fue reducido y conducido al exterior antes de que apareciesen las llamas que el equipo contraincendios debía sofocar. Estoy tranquilo, no pasarán.

El fuego se volvió imparable al conquistar el pasillo. El calor hizo quebrar la puerta y tímidas llamas lamieron el dintel que desbordaba espeso humo inundando todo el techo hasta encontrar la abertura que le permitió subir al piso superior. Las jambas se tornaron incandescentes y el ardor reptó por la cenefa del pasillo y la moqueta del suelo hasta la puerta de los pisos colindantes. El calor en ellos ya era tan grande que las puertas no tardaron en ceder. El techo prefabricado se derretía goteando lagrimas en llamas que prendían el enmoquetado. Oí el derrumbe de un techo. La escalada estaba asegurada por un nuevo camino. En el pasillo miraba al fuego y el fuego me miró. Se relamía con lenguas de oro y sangre entre rugidos. Desafiante. Retando a quién quisiera batirse con él. Estoy tranquilo, no pasarán.

Escuché los pesados pasos de la brigada contra incendios. Subían presurosos y seguros por la escalera. Había llegado el momento de combatir. No estaba solo. Tomé el extintor y volví a comprobar el manómetro. Desprecinté la válvula y sujeté con firmeza la manguera. Lo incliné ligeramente para asegurarme que al tubo sifón llegara el máximo de producto posible. Apunté con la boquilla por intuición más que por lo que veía. Cuando apareció el primer bombero se detuvo sorprendido. No dudé. Disparé el agente extintor por el hueco de la escalera creando una nuble blanca de polvo. Gritos de sorpresa y desconcierto. A la voz de replegarse el primer bombero desobedeció intentando ganar distancia. No esperé a agotar la bombona. Cuando estuvo lo suficientemente cerca le golpeé en el pecho con la base del cilindro y por último se lo lancé haciéndole caer. Recogí del suelo mi escopeta y disparé dos veces como advertencia. Estoy tranquilo, no pasarán.


Relato de Minatufe incluido en Metus causa número 0

lunes, 18 de junio de 2012

Número 0


Contenido:
  • Relato No pasarán, por Minatufe
  • Biografía Washington Irving, fuente Wikipedia




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